· Yurany · Psicología · 5 min de lectura
Vivo dentro de mí
Podrías mostrarles a tus ojos nuevos caminos para continuar una vida, que no solo ocurra en el mundo interior, sino también fuera de él.
Cuando somos niños aprendemos que el amor esta ligado a la obediencia. Si hacemos caso, recibimos aprobación; si no, recibimos un castigo, distancia o silencio. Y como amamos profundamente a quienes nos cuidan, intentamos complacer, no defraudar, no incomodar. No queremos perder ese amor.
Así, casi sin darnos cuenta, empezamos a asociar nuestro valor con cumplir expectativas. Crecemos con la idea que debemos hacer lo que otros desean para evitar el rechazo o el abandono. Entonces, el niño que está creciendo aprende a tener miedo de ser él mismo, porque si no se comporta como los demás esperan, puede llegar a pensar que no es digno de nada.
El amor hacia el otro, hacia los hijos, no debería estar condicionado al cumplimiento de expectativas rígidas ni convertirse en una recompensa que se otorga solo cuando se satisfacen ciertas exigencias, ni en si sus notas escolares son lo suficientemente altas para merecer amor. Su valor no debería definirse por lo que tienen o por lo que logra. Es valioso por el simple hecho de existir.
No tengo que demostrar nada para merecer respeto o dignidad
Así vamos por la vida
Construimos una autoestima creyendo que nuestro valor depende del éxito y de las cosas que poseemos. Esa es, quizá, la mentira más grande que nos han vendido.
La falta de valía personal, en realidad se construye a partir de las exigencias y experiencias que nos hicieron sentir que no éramos suficientes tal y como somos. Empezamos a creer “eso” como una verdad absoluta y, sin darnos cuenta, lo incorporamos como parte de nuestra identidad.
Nos repetimos con dureza “no soy suficiente”, sin siquiera cuestionarlo, sin detenernos a pensar ¿Qué razones existen para creerlo? ¿En qué momento comencé a sentir que no era suficiente? Vale la pena detenerse ahí y preguntarse en qué lugar, en qué experiencia, empezaron a instalarse esas ideas.
Esa idea que tengo sobre de mí, ¿me pertenece o fue sembrada por alguien más?
Así vamos por la vida, minimizando nuestros logros, encogiendo lo que somos, sintiéndonos pequeños e invisibles.
No soy menos por haber tenido un mal día
En ese mismo sentido, un fracaso no nos define. Haber pasado por un abandono no significa que estés completamente roto ni que seas indigno de amor.
Nos han enseñado que, si no nos amamos primero, nadie podrá amarnos. Que el amor sano solo llega cuando ya estamos “bien”. Esa idea puede ser profundamente dura.
Como si el amor fuera una recompensa por estar “bien armados”, por no dudar, por no tener grietas. Aunque suene motivador, a veces termina generando más sufrimiento y frustración por la exigencia de una perfección inexistente.
También es cierto que nos podemos construir, reparar y entender a través del otro; a través de alguien que sabe ver y valorar eso que a ti mismo te cuesta reconocer. Vínculos que no nos exigen estar completos, sino disponibles, humanos, en proceso. A veces necesitamos alguien que nos mire.
Es verdad que cada uno tiene la responsabilidad de trabajar en sí mismo: conocerse, comprender su historia y dejar de juzgarla como si definiera quien es, eso también es cuidar del otro que te acompaña.
Vivo dentro de mí
Habitando mi mundo interior. Imaginando, intentando alcanzarme entre la oscuridad y la ilusión. Atrapada en la fantasía, escudriñándome con la esperanza de encontrarme…la imaginación se vuelve más intensa que la misma realidad.
Quedarse viviendo dentro de sí mismo, es una decisión sabia para cumplir con las expectativas de los demás y alejarnos poco a poco de las cosas que verdaderamente amamos. Podrías mostrarles a tus ojos nuevos caminos para continuar una vida, que no solo ocurra en el mundo interior si no también por fuera de él.
La vida ocurre en este instante. No se puede tener certeza del futuro
Sé tú mismo
Vivir a merced de creencias negativas que nos habitan, son muchas veces aprendidas, repetidas, heredadas que nos empujan a una incongruencia entre lo que hacemos y lo que realmente sentimos. Actuamos de una manera, pero por dentro deseamos otra cosa. Y esa fractura interna, se convierte en un sufrimiento profundo: el de vivir lejos de aquello que genuinamente anhela el corazón.
Sin embargo, también poseemos una forma propia de pensar, de sentir y de interpretar el mundo, y esa forma nos pertenece; incluso podemos regresar a ella.
Cuando nos distanciamos de esa voz interna para complacer a los demás, algo se rompe: comenzamos a traicionarnos. Y traicionarse a uno mismo es una forma sutil de apagarse, como si se estuviera vivo por fuera, pero desconectado por dentro.
Aun así, hay algo que nadie puede arrebatarnos: lo que somos en esencia, lo que pensamos, lo que sentimos. Incluso en medio de las circunstancias más difíciles, conservamos un espacio íntimo de libertad. Somos libres en nuestras ideas, en la manera como significamos lo que vivimos, en la posibilidad de elegir cómo responder. Así como lo escribo Viktor Frankl es su libro el hombre en busca de sentido, es precisamente esa libertad interior la que le devuelve a la vida amor, dignidad y sentido.
Con amor, Yurany