· Yurany · Psicología · 5 min de lectura
La tristeza está de visita
La tristeza ha llegado de visita… y con ella, trajo un tiempo extraño sin horas, como si, por momentos, le perteneciera.
Hace días empecé a sentirme distinto, nostálgico y más irritable de lo habitual. Con una sensación sin forma que no terminaba de definirse. El estudio y el trabajo ocupaban mis días y, entre una cosa y otra, no quedaba mucho espacio para detenerme a mirar lo que me pasaba. Quizá sea yo, que he podido mirarme ni oírme. Así que lo dejé pasar, como algo que simplemente me tocaba vivir.
Esa noche precisamente no pude dormir. Entre los montones de ropa en mi habitación, las sábanas de mi cama destendidas y los platos de comida que llevaban días pudriéndose, había una punzada que no podía ignorar.
Como si no pudiera estar en ningún lugar, empecé a rondar por mi cuarto, luego pasé a la cocina, abría y cerraba cosas sin razón, decidí intentar dormir en el sofá.
Mi mente estaba inquieta, no paraba de pensar. Apenas terminaba un pensamiento, ya había otro, y otro más. No logré conciliar el sueño, así que me levanté e intenté trabajar, hacer cualquier cosa para aquietarla. Al principio pensé que funcionaba, pero no fue así.
Escuché ruidos en la casa. Al principio los ignoré, pero volvieron, más insistentes. Aunque suelo ser escéptico, esta vez encendí las luces para revisar. Recorrí el espacio con la mirada, con cierta tensión, hasta que la vi a la tristeza: y no dudé en sacarla de mi casa.
¿Qué se esconde detrás de lo que te duele?
Desde entonces he estado ocultándome de ella. Ha estado afuera de mi casa y no la he dejado pasar. A partir de esa noche cubrí las ventanas y cerré bien las puertas para que no se le vaya a ocurrir entrar sin permiso de nuevo. Aunque me he dado cuenta de que tampoco he podido salir de este encierro que me consume. Es otra manera de seguir cautivo, preso de su tristeza.
Estuve pensando las cosas y ya no puedo seguir escondiéndome, así que decidí irme lejos, a un lugar donde la tristeza no me encuentre. Me iré en el momento más indicado, no en la madrugada, porque ahí está al acecho; mejor lo haré de día, cuando esté distraída.
Y así fue. A primera hora organicé mis maletas para viajar a una pequeña isla desolada, con pocos habitantes, donde estaría sola. Tendría todo el tiempo para no hacer nada, dejar de pensar, para mirar el cielo; allí, seguro, nada podría perturbarme, y mucho menos encontrarme.
Aunque, inevitablemente, terminaría sumergido en mí mismo.
Cuando llegué a la isla, pensé que el cambio de lugar sería suficiente. El mar, el silencio, la distancia… todo parecía dar espacio para estar mejor.
Así que decidí salir a caminar un rato y, estando frente al mar, observando cómo las olas se movían fuertemente, admirando su belleza e inmensidad, me di cuenta de que la tristeza me había alcanzado de nuevo, estaba conmigo a mi lado y me había envuelto, como el capullo a la oruga, y la inutilidad de mis esfuerzos se hizo evidente: habían sido en vano para evitar la tristeza. Ahora lo entiendo: ella me seguirá… no sé hasta cuándo.
Soy como la oruga que aún no ha descubierto la grandeza de sus alas
Sumergido en la tristeza, entendí que ya no había nada que hacer: no podía seguir huyendo de ella. Me preguntaba si la tristeza podría existir sin mí, o si sería yo quien no sabría vivir con ella. Esa era mi gran pregunta.
Y entonces pensé que había llegado el momento de enfrentarla… de preguntarle por qué no se iba, por qué era tan insistente.
Dejé que se quedara conmigo en silencio. Por primera vez, mi mente se aquietó, sin tantos cuestionamientos, y al escuchar la tristeza y sus aflicciones decidí abrazarla. Poco a poco empecé a observarla y comprendí que siempre había estado conmigo. Me estaba encontrando con lo que evitaba. Tal vez, en mi intento de protegerme, terminé alejándola de mí… aunque fuera en vano. Y, como la oruga en su capullo de seda, quedé envuelto en la tristeza, dejé de resistirme y permití que estuviera, sin intentar romper el capullo, sin cambiarla.
Sentir es parte de ser humano; las emociones no son algo que podamos evitar
La tristeza está aquí, conmigo: me di cuenta de que la tristeza no era algo de lo que pudiera escapar. No se trataba de si podía existir sin mí, ni de si yo podía vivir con ella… sino de aprender a convivir con su presencia cuando llegara de visita, incluso aunque se quisiera adueñar de mi tiempo, podría recibirla y decirle que me acompañe.
Y en ese silencio apareció una respuesta que no esperaba: tal vez nunca se trató de que la tristeza se fuera, sino de que yo dejara de evitarla. Esos intentos me habían causado más sufrimiento.
Hay procesos que no se pueden apresurar: como la oruga en su capullo, no puede forzar su salida, tampoco la tristeza. Antes de convertirse en mariposa, ocurre una transformación interna, reconociendo y habitando lo que siente, lo que es… hasta que, en su tiempo, rompe el capullo y comienza a volar.
Con amor, Yurany.
Me inspiré en la metáfora de ACT, el invitado molesto.