· Yurany · Psicología · 4 min de lectura
Somos cuerpo
Ver es entrar en un universo de seres que se muestran. Un universo donde lo visible y lo invisible coexisten, recordándonos que todo cuerpo es una experiencia que no puede verse completamente.
No hay vida sin cuerpo, aunque este sea solo un pequeño fragmento de la existencia. Todo lo que conocemos, sentimos y tocamos ocurre a través de él.
Un ser que nace, un cuerpo que se mueve en el tiempo, se reproduce y, con la muerte, llega el fin de sus posibilidades. En ese sentido, la finitud de la vida es la finitud del cuerpo, pues es el cuerpo el que vive, experimenta, cambia, envejece y finalmente se desvanece. El mundo continúa su curso incluso cuando el cuerpo deja de existir.
Mi cuerpo es el que marca el límite de mi existencia
El cuerpo finito no está separado de todo lo demás
Si bien podemos sentir y percibir todo por medio del cuerpo, no estamos separados de la experiencia terrenal: esta también se construye a través de otros seres que lo observan, ya sea para bien o para mal. Esto me lleva a pensar cómo la mirada del otro toca, de manera sutil y a veces dolorosa, fibras de nuestro propio cuerpo. En ese mismo sentido, Judith Butler, en su libro Cuerpos que importan, se pregunta si las palabras, por sí solas, pueden llegar a moldear los cuerpos. De acuerdo con esta idea, no es posible escapar de las palabras y de las miradas de los otros, si vivimos en un mundo donde constantemente somos vistos y leídos por los demás.
Si las palabras arrugan los cuerpos, si las miradas lo atraviesan, si al ser tocados lo rasguñan. Entonces deberías mirar y tocar con más delicadeza. Tú ves el cuerpo de una persona, pero no ves todo lo que vive dentro de ese cuerpo.
Un cuerpo que es dibujado y desdibujado por la época, la moda y el consumo, que lo moldean constantemente bajo ideales cambiantes de belleza, normalidad y aceptación.
Ver es entrar en un universo de seres que se muestran (Merleau Ponty, 1993)
Al ver lo hacemos desde un cuerpo y desde nuestra propia verdad; por eso solo accedemos a una parte de lo que parece ser. Desde allí observamos si un cuerpo nos parece bello o feo, agradable o desagradable, sano o enfermo. Esto significa que, cuando vemos a alguien, no solo percibimos, sino que también interpretamos; y muchas veces, el trato hacia otros cuerpos está influido por los juicios que construimos a partir de su apariencia.
Seres encapsulados en la piel
Un cuerpo cuya posibilidad de ser queda restringida por las normas sociales y culturales. Desde el nacimiento, al cuerpo se le asignan roles, expectativas e identidades vinculadas al sexo y a la manera en que “debería” comportarse. Sin embargo, no todas las personas se reconocen en esas definiciones. Para algunas, esas imposiciones pueden convertirse en un encierro del ser: un cuerpo que tiene miedo de ser el mismo.
Entonces, vivir encapsulado es habitar un cuerpo al que se le exige responder a un guion con el que no se identifica. Surge así la incongruencia entre lo que se espera socialmente y lo que cada persona siente que es, cuando no existe libertad para emerger desde la propia verdad.
Aunque vivas en la rutina, no olvides que eres cuerpo
Un cuerpo que siente dolor y placer, que vive, come y duerme; que resiste la enfermedad, la violencia y la muerte. (Butler, 2002). Un cuerpo vulnerable que nos recuerda nuestra finitud. Por eso, habita tu cuerpo sin tanta prisa; no puedes existir sin un cuerpo.
Ser conscientes de él nos invita a extender la mirada para apreciar las distintas perspectivas, contradicciones y dualidades que nos habitan como seres humanos; cuestionar normas rígidas y no quedarnos solo con la superficialidad de lo que se muestra.
Que cada vez que veamos un cuerpo, reconozcamos en él una historia y una finitud que merecen ser tratadas con dignidad.
Con amor, Yurany
Fuentes de inspiración:
Merleau-Ponty, M. (1993). Fenomenología de la percepción. Planeta-Agostini. (Obra original publicada en 1945).
Butler, J. (2002). Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. Paidós.